Trescientos noventa y cinco metros (a los pibes de Cromañón)
Atisbos de discursos religiosos en matafuegos de caramelos
que atacan a unas serpientes de humo que aromatizan a tus pezones mismos,
la soledad entraña a chicos de una calle de trescientos noventa y cinco metros
como lo es el puerto del que a veces zarpan barcos sin timones bailarines
recorriendo un gran océano de treinta mil desafinados violines.
Pañuelo en la cabeza, pañuelo en el cuello, el dolor provoca un resfrío
en estos cerebros y estas gargantas de lo que nunca tuvo que haber sido
dentro de la insólita y suspicaz muerte de la ausencia de la presencia
como castillos de nieve en mar de veranos y sus reminiscencias
al pasado, al futuro, aunque no hay mención a los cadáveres del presente
y pese a los titulares mudos alguien dijo la lengua es de la gente,
caen los vidrios de un cielo celeste que se desnuda en la venganza,
que ya no hay sonidos de la eñe porque estamos en épocas de bonanzas
es una verdad entre dientes, a medias, calzoncillos y relojes
y una voz de pestañas secas hoy nos grita: ¡Año nuevo, que no afloje!

