Derrame inexpungable
Derrame inexpungable
La piel sensible a la invisibilidad de un hospicio de colores
yacía en los pretéritos de las células de mi oscuro germen
consumiendo los retazos del humor de la ebriedad de la carne
que desparramé en aquella mente entre los espectros de mis quistes.
Soy un tumor danzante en la quietud de este sordo destino,
me dedico a entretener la existencia de un barco hundido
que se resiste a ser la prostituta de un insomnio
tan acogedor como el cerebro de un negro cuervo
que despoja de grotescas abducciones al mundo
y no deja una sola hoja en el árbol de un colono
que consume a las fantasías de los viejos tiempos.
La ceguera de antaños exilios se hace presente en la luminosa cascada
y un espeso líquido, un tanto mitológico quizás, inunda a mi morada
y deja estupefactos a los huéspedes de un futuro que ha perdido sus formas.
¿Y dónde se habrán muertos los ciruelos que florecieron en aquél vientre?
a lo mejor cayeron con los unicornios en el prado verde,
en definitiva, solo me importa saber que hay rotos balcones
sobre el tejado que custodia a mis ideas convertidas en nieve.
Se unieron grietas sonoras de un agujero negro
y ya no puedo desplegar mi lujuria y sus lirios
entre los túneles anatómicos del gemido;
todo fue tan ultrajante como perder los huesos
en cualquier tuberculoso desierto matutino
cuando el patriarcado de la vanidad está al tacto
cerca y lejos de las estaciones del propio miedo.
Entre insípidos entretenimientos infantiles descubro las caracolas
de yerros de la autarquía de una ingobernable pero rectangular caricia
cercana a los peligros sazonados con un deseo apto para la fiebre experta.
Disparo desde la perpetuidad de mis rostros un haz de clones
contra los cristales de un majestuoso ocaso pronto a disiparse
entre viejos y opacos océanos domadores de delfines
donde se configuran demonios y oráculos dueños del goce.
Somos espinas en placas tectónicas del cielo,
molestos como los yacimientos de algún insecto.
Soy las cavernas que mueven a un ignoto futuro
entre los íconos discrepantes de algún pasado,
cambia como el reloj de un minúsculo desconsuelo,
deja disconforme a los súbditos de un cancelario
disuelto en desacuerdos de mis aromas del miedo.
La escabrosa lentitud con quien duermen los olvidos en sus funestas panaceas
es el relleno soluble de una cápsula saludable en la punta de dagas
que besan en históricos destellos a discretas aunque febriles gargantas.
Yo quisiera, en aquel rubí del inicio de todo, despojarme
de los perplejos suicidas que les repugnan las múltiples muertes,
que pena que me da la singularidad de algoritmos infieles
pero envidio sus discontinuos aunque aveces precisos misiles.
Siempre habrá en la mano una ruleta rusa esperando
en la continuidad de los polos de un mal comienzo;
y te pueden amar como el océano al velero,
pues todos sabemos que en el carrusel de postulados
que encasillan a las alas de unas aves en vuelo
se juega toda vida propia de nuestros zafiros.
Y acá estoy, me descubro en una flotante galaxia muy dentro de una canica,
disfruto en el círculo de la irresistible sensibilidad de una guillotina
hasta que una birome en un instante configure una lágrima y una sonrisa.



