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Una dama de blanco

domingo, 03 de febrero del 2008 a las 20:58

Estoy realmente indignado. Hay cosas que uno vive y luego ya no se pueden olvidar.  En este mundo existe mucha gente estúpida que vive solo para sí misma sin importarles lo que le pasa al otro, a su semejante.

Anoche volvía en mi taxi por la avenida Peralta Ramos, la continuación de Independencia, ahí en la zona del cementerio. Les cuento a los que no son marplatenses que cerca de dos de los cementerios de esta ciudad hay varios telos, varios hoteles alojamientos, de los más distinguidos, de los más elegantes. Pues bien, ayer tipo cuatro de la mañana había levantado una parejita en la zona de Alem (lugar donde arde la movida nocturna) y los llevaba a uno de estos telos. Uno de mis ojos miraba la avenida para no chocar ni nada de eso, pero el otro lo tenía fijado en el espejo retrovisor, entretenido en como se daban besos esos pibes, el flaco metía mano por todos lados, a la chica no le alcanzaba la lengua para inspeccionarle al muchacho toda la garganta, yo ya no sabía que hacer, quería decir algo como: "¡qué calor que hizo hoy!", "que bueno para los turistas", "el tránsito es una locura", pero no podía meter bocadillo, el pibe ya se iba a ocupar en meter lo que había que meter.

Dejé a la parejita en el telo, totalmente acalorados, y no solo por la alta temperatura nocturna, estaban tan desperados que ni se percataron de que no les había dado el vuelto, me dejaron inintencionadamente una buena propina.

Entonces me decidí volver a mi casa, estaba cansado, había trabajado bastante, tenía ganas de tirarme a dormir, recostarme en mi cama y olvidarme por unas horas del taxi. Iba saliendo por la avenida Peralta Ramos, en dirección hacia Juan B. Justo, mi taxi y yo rodeados por el cementerio municipal y el privado, cuando de repente se dibujó una figura femenina tan blanca como el marfil mismo en el medio de la calle. Me hizo seña de que parara. La levanté. Tenía la cara pálida, los ojos perdidos, parecía estar ahí conmigo pero al mismo tiempo estar ausente, como en otro lado, lejos de lo terrenal, el efecto de la luz lunar provocaba que una aureola brillante contorneara su cuerpo, dándole una imagen algo angelical, llevaba puesto una campera gruesa, de invierno, sus labios parecían helados, como una aglutinación de nieve.

-¿No tenés calor con la campera? -le pregunté.

Me miró fijamente y, sin pronunciar palabra, se la sacó, dejándola depositada sobre el asiento trasero de mi auto. Me daba la sensación de que no quería hablar, o algo peor aún, que se había olvidado de cómo se usaba la lengua para hablar. Debajo de la calurosa campera tenía puesto una especie de vestido muy raro, como si fuera un camisón, de más está aclarar que este vestido también era de un blanco intenso.

-¿Hasta dónde vas? -interrogué. La chica me dio una dirección del barrio Los troncos, el cual me quedaba de paso ya que yo vivo en la zona de La Terminal, entonces decidí llevarla, ya que mientras volvía a casa me hacía unos pesos de más.

La veía tan pero tan blanca, pálida como si nunca hubiese visto el sol, y eso que en Mar del Plata todos los que incluso trabajamos mucho durante el verano, siempre algún rincón en el día nos hacemos para ir a la playa y broncearnos un poco. Fue en ese momento cuando lo entendí todo, entendí porque esa mina estaba sola y pálida ahí cerca de los cementerios y los telos, porque esa mirada atónita como fuera de este mundo. Esta era una de esas minas que están en esas modas nuevas que se oponen al sistema consumista y del mercado, y entonces dicen "yo no voy a la playa porque eso lo hace la gente tonta que no entiende que son usados por el sistema". Y que estuviera sola ahí cerca del cementerio también era claro. Seguro que había ido a algún boliche, un flaco se le acercó, tuvieron un buen inicio, el pibe la invitó a pasear y como quien no quiere la cosa la llevó en el auto para un telo. Cuando esta loca (que como todo loca, es loca pero no boluda) se dio cuenta de las intensiones del muchacho, empezó a hacer un escándalo, seguro que gritaba que la bajara, que era un desubicado, que se iba a volver sola y que se yo cuantas barbaridades más.

En fin, ahí estaba yo en mi taxi con esta loca. En un momento dejó de impresionarme su blancura y me concentré en como miraba todo el paisaje por la ventanilla. Parecía como cuando de chico te llevaban de vacaciones y todo te parecía increíble; como si después de años y años viera algo que valía la pena ser visto; como cuando todo lo que aparece en tus retinas te sorprende. Ya no me quedaban dudas de que era una loca, desquiciada, que los padres la habían malcriado, que era totalmente inmadura, sin modales para comportarse dentro de un taxi, ¿cómo puede ser que un pasajero no le hable a su taxista?

Por fin llegamos a la casa de la mina. Al ver su hogar tan grande y hermoso, con esas típicas piedras marplatenses en el frente, con un sinuoso jardín en la entrada, jardín que se notaba que era cuidado por un profesional de las plantas, en ese momento entendí que eso de que era malcriada se debía a que era una chica bien del barrio Los Troncos, una familia de ricachones que pese a tener dinero en demasía no pudieron criar una hija de manera normal, sino que les había salido esta loca que estaba en el asiento trasero de mi auto.

Cuando la mina se estaba bajando me mira y me dice -No tengo plata, pero vuelva mañana que le van a pagar.

Ah bueno. Listo, confirmada mi hipótesis. ¿Semejante casa en uno de los barrios más chetos de Mar del Plata y no tenés unos míseros billetes para pagar un viaje en taxi? Solo se trataba de una pendeja malcriada que salía a gastar plata en la noche marplatense y se quedaba sin nada para el taxi y encima tenía el decoro de hacer que un pobre laburante como yo la llevara hasta su lujosa casa. Dios mío, en que mundo vivimos.

Dejé que se fuera. Ya me había cansado de esa loca. Además, cuando la había recogido, ahí en los alrededores del cementerio, yo ya estaba decidido en irme a dormir, y la casa de esta loca realmente me quedaba de paso.

Hoy a la mañana me desperté. Fui hacia mi auto, abrí la puerta, y mientras el sol veraniego, sin pedir permiso, se metía por todos lados, me percaté de que la loca se había dejado esa campera pálida como su cara en el asiento trasero de mi taxi. Como su casa quedaba cerca de la mía se la llevé, así, de paso, haciéndome el tonto como quien no quiere la cosa, me cobraba el viaje de anoche, total mami y papi ya le habrían dado nuevos billetes.

De día la casa era más linda aún, las piedras lucían más, incluso las flores del jardín parecían más bellas. Me atendió una mujer de alrededor de sesenta años. Con cierta reticencia e incertidumbre miró la campera blanca que yacía en mi mano.

-Buenos días. Anoche traje a una chica hasta acá, que no me pagó el viaje, y se olvidó esta campera en mi taxi- le dije.

La mujer en silencio. Mirando a la campera como si de la muerte misma se tratara, perdida en algún recuerdo tan íntimo como cercano a esa campera.

-Esta campera era de mi hija. Ayer hizo veinte años que murió. Cuando falleció llevaba puesta esta campera. Ella está enterrada en el cementerio municipal.

La mujer, ya con varias lágrimas atravesando su rostro, y un miedo tan profundo como inaudito en su ojos, tomó la campera, la abrazó como no queriendo soltarla nunca más, se aferró como si de su difunta hija se tratara. Nuevas y más gordas lágrimas se le desprendieron. Un mar de sufrimiento, recuerdo, dolor, angustia y emoción surcaba sus arrugas, ahogando a su piel en un océano de añoranzas y nostalgias.

La mujer no me dijo nada. Con la campera en la mano y miles de lágrimas en su rostro, con las inquietudes y esperanzas de quien recibe un enigmático mensaje, se metió dentro de la casa dejándome en la puerta de entrada, solo acompañado por las lindas flores del jardín

Y ahí, en ese preciso instante, en ese terrible momento de congoja e incertidumbre, ahí fue cuando me indigné con esa pendeja y su familia de porquería. Porque está bien, yo entiendo que vos sufras porque tu hija está muerta, que no puedas superar un hecho tan trágico, está todo bien, no tengo problemas con eso. Pero de ahí a que no puedas reconocer el laburo de un pobre trabajador del volante que encima te alcanza hasta tu casa la campera que te olvidaste, y vos, con una casa re linda, donde se nota que no pasan necesidades, no te dignes en pagar un viaje, y ni siquiera digas gracias, eso sí que me indigna. Odio a esa gente con esos duelos patológicos que no se  ponen en el lugar del otro, creen que sus problemas son los únicos que existen e importan. Todos tenemos problemas, yo los tengo, peor si me subo a un taxi, como mínimo voy a pagar el viaje.

Comentarios

Lo de los chicos comiendose a besos me encantó! es delicioso el amor con sus buenas pizcas de lujuria!!! lo que  me parece un fraude es lo de la aparicion fantasmal... guac!!!!  los mismos relatos cliches de siempre!!!!
Creo que hace falta aclarar que la historia de la mina que aparece en un taxi no es una creación  propia, sino que se trata de una reproducción de una leyenda urbana marplatense. En realidad lo único que yo agregé fue la visión de un taxista a quien no le importa las cuestiones metafñisicas del "más allá". Siempre que escuché esta historia me he pregutnado lo mismo: al final al tachero, ¿le pagan o no el viaje?
Un abrazo Fraga.

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traficantedelinterna

traficantedelinterna escribió esta anotación hace 9 meses. En ella habla sobre Anécdotas De Un Taxista.

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